MAESTRO VIRTUAL 2020
Un sitio de apoyo a la educación virtual apto para maestros y estudiantes

PROMETEO Y PANDORA

Según los primeros griegos, los creadores del hombre fueron Zeus y Prometeo. Prometeo era un Titán, uno de los viejos dioses que habían ayudado a Zeus en su lucha contra Cronos. Fue Prometeo el que modeló a los primeros hombres de barro, concediéndoles la posición recta para que mirasen a los dioses. Zeus les dio el soplo de vida.

Los primeros eran aún seres primitivos que vivían de lo que podían matar con sus arcos de madera, sus hachas de cuerno y sus cuchillos, y de las escasas cosechas que lograban hacer crecer. No conocían el fuego, así que comían la carne cruda y se envolvían en gruesas pieles para abrigarse del frío. Eran incapaces de hacer vasijas o escudillas y no sabían trabajar los metales para procurarse herramientas útiles y armas.

Zeus estaba contento de que vivieran en aquel estado, porque temía que alguno pudiera crecer lo suficiente como para rivalizar con él. Pero Prometeo había aprendido a amar al género humano y sabía que con su ayuda los hombres podían progresar. Él y Zeus habían creado a la raza humana, no unos animales cualquiera.

-Hay que enseñarles el secreto del fuego, dijo Prometeo a Zeus, si no, serán siempre como niños inermes. Hay que terminar lo que hemos empezado.
-Son felices con lo que tienen, respondió Zeus. ¿Para qué preocuparnos?

Prometeo comprendió que no conseguiría convencer a Zeus y entonces subió secretamente al Olimpo, donde ardía el fuego día y noche, y encendió una tea. Con ella prendió un pedazo de carbón vegetal hasta convertirlo en un tizón, lo escondió entre los tallos de una planta de hinojo y se lo llevó a los hombres.

Aquel primer tizón proporcionaba el fuego a los hombres y Prometeo les enseñó a utilizarlo. También los ayudó de otros modos. Por ejemplo, cuando se hacían sacrificios, la parte mejor del animal sacrificado iba siempre destinada a los dioses y la peor, a los hombres. Valiéndose de un engaño, Prometeo aseguró a los hombres una parte más adecuada. Dividió la carne de un buey en dos montones: uno, el más aparatoso, no contenía más que huesos mondos cubiertos de grasa; el otro, la carne mejor. Zeus escogió el primero, y al verse engañado de ese modo, se encerró en un irritado silencio.

Con ayuda de Prometeo el hombre hizo rápidos progresos. Aprendió a modelar vasijas y escudillas, a construir casas con bloques de arcilla cocida y con el tejado de ladrillos en vez de trenzado de cañas. Aprendió a trabajar el metal para defenderse y cazar. Pero una noche en que Zeus estaba mirando desde el cielo, vio un fuego que ardía en la tierra y comprendió que había sido engañado. Mandó llamar a Prometeo.

-¿No te prohibí que dieras a conocer al hombre el secreto del fuego?, preguntó. Dicen que eres sabio; pero, ¿no comprendes que con tu ayuda algún día el hombre desafiará a los dioses?
-No tiene por qué suceder, si lo amamos y le damos buenas enseñanzas, respondió Prometeo.  Pero Zeus se enfureció sobremanera y no quiso oír más explicaciones.

Ordenó que Prometeo fuese llevado a las montañas del este y encadenado a una roca. Un águila feroz se alimentaba todos los días con su hígado, y el hígado volvía a crecerle durante la noche para que la tortura pudiera empezar otra vez. Pasaron muchos años antes de que Prometeo fuera liberado: hay quien dice que treinta mil, y no está claro cómo sucedió. Según una leyenda fue rescatado por el poderoso Hércules.

De todos modos, Zeus no había quedado satisfecho con su venganza e hizo sufrir todavía más al género humano. Por voluntad suya, su hijo Efesto modeló una muchacha con una mezcla de arcilla y agua. Atenea le infundió el soplo de la vida y la instruyó en las artes femeninas de la costura y la cocina; Hermes, el dios alado, le enseñó la astucia y el engaño; y Afrodita le mostró cómo conseguir que todos los hombres la desearan. Otras diosas la vistieron de Plata y le ciñeron la cabeza con una guirnalda de flores; luego la llevaron ante la presencia de Zeus.

-Toma este cofrecito, le dijo, entregándole una cajita de cobre bruñido.  Es tuyo, llévalo siempre contigo, pero no lo abras por nada del mundo. No me preguntes la razón y sé feliz, ya que los dioses te han dado lo que todas las mujeres desean. Pandora, que así se llamaba la muchacha, sonrió. Pensaba que el cofrecito estaría lleno de joyas y piedras preciosas.

-Ahora tenemos que encontrarte un marido que te ame, y yo conozco al hombre adecuado: Epimeteo. Él te hará feliz.

Epimeteo era hermano de Prometeo, pero le faltaba toda la prudencia de su hermano. Prometeo le había advertido que no aceptara ningún regalo de Zeus, pero él, un poco halagado y quizá temeroso de rechazarle, aceptó a Pandora como esposa.

Hermes acompañó a la muchacha hasta la casa del flamante marido en el mundo de los hombres. -Bueno, amigo Epimeteo, le dijo, no olvides que Pandora tiene un estuche que no debe abrir por ningún motivo. Epimeteo tomó el estuche y lo colocó en sitio seguro.

Al principio, Pandora fue feliz viviendo con él y olvidó el estuche; más tarde, empezó a inquietarla el gusanillo de la curiosidad. - ¿Por qué no podemos ver al menos lo que contiene?- dijo un día Pandora a su marido. Luego, mientras Epimeteo dormía, abrió el cofrecito y, rápidos como el viento, salieron todos los males que desde entonces nos afligen: el cansancio, la pobreza, la vejez, la enfermedad, los celos, el vicio, las pasiones, la suspicacia... Desesperada, Pandora intentó cerrar el cofrecito, pero era demasiado tarde. Su contenido se había desparramado por todas partes.

La venganza de Zeus se había realizado: la raza humana no podía ser noble como había querido Prometeo. La vida sería una lucha constante contra dificultades de todo género. Había pocas probabilidades de que el hombre pudiera aspirar al trono de Zeus.

Pero el triunfo del rey de los dioses no era completo. Una cosita de nada había quedado en el fondo del estuche y Pandora consiguió encerrarla. Era la esperanza. Con ella el género humano había encontrado la manera de sobrevivir en este mundo hostil. La esperanza les daba una razón para seguir viviendo.

Tomado de Dioses y héroes de la mitología griega. Ed. Anaya.