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PSICOLOGÍA DE LOS  BANQUETES

“Un comentarista sincero no puede negar que, en efecto, en España hay mucha gente que se muere de hambre. Pero al mismo tiempo hay que reconocer que los miserables han estudiado tan hábil y profundamente la situación, que están a una pulgada de haber hallado el remedio. Hasta tal punto es esto verdad, que los Poderes públicos se encuentran perplejos ante la forma en que el problema queda planteado.

                Los hambrientos eran gente sin organización ni influencia, completamente abandonados a su propio destino y sin el menor poder para quebrantarlo. Un hambriento pedía limosna, pero la sociedad se defendía de él no dándosela; un hambriento a lo más que llegó fue a reunirse con otros hambrientos y recorrer las calles en grupos con una bandera en la que cándidamente habían trazado su demanda: “Pan y trabajo”. Entonces la sociedad, respetuosa, leía aquellas palabras, se asomaba a los balcones para ver pasar la manifestación, comentaba los trajes raídos o las caras pálidas y callaba; los guardias de seguridad acudían y disolvían el grupo o le hacían marchar oscuramente por calles extraviadas, y los famélicos iban por esas calles extraviadas, muy enteros, muy dignos, con sus banderas en alto, pero sin comer. Lo más que lograban era que alguna vez un señor les "echase" un discurso desde el balcón del Ayuntamiento o del gobierno civil.

                A veces, el hambriento, llevado de un afán de venganza contra la sociedad, se moría en medio de la calle. Positivamente esto era molestísimo. La gente se acumulaba en torno del cadáver para ver la mueca horrible y la miseria del rígido cuerpo... Más de una digestión se perturbó ante un espectáculo parecido. Sesudos gobernantes estudiaron la manera de impedir que los pobres diablos trastornasen de esta manera afrentosa el orden social falleciendo en la vía pública con un absoluto desprecio de lo estatuido por la costumbre y casi por la ley. Las calles no se han hecho para que las gentes mueran en ellas. Las gentes deben morir en una cama. Se exceptúa de esta costumbre tan sólo a los personajes de los dramas, que suelen morir en un sillón. Sin embargo, para fortuna de los convencionalismos y de la buena marcha de la humanidad, el número de hambrientos que, llevados de un fanatismo censurable, morían en la vía pública nunca fue tan crecido que llegase a constituir una cuestión de orden público.

            Todo parecía, pues, indicar que la sociedad había conseguido vencer a los hambrientos y que éstos tendrían que resignarse con su destino y acostumbrarse pacíficamente a no comer. Pero todo avanza: cada día se hacen inventos nuevos y la inteligencia de los hombres no se da un punto de reposo. Ahora los hambrientos han decidido que tienen que comer a todo trance y se han empeñado en que sean los Poderes públicos los que les llenen la escudilla. ¿Dónde han de comer...? ¿En la cárcel...? ¡Pues a la cárcel!.

                Un hambriento aguarda prudentemente hasta el último instante. Pasa un mes o dos comiendo un panecillo cada tres días. Cuando comprende que apenas le queda fuerza para romper un cristal de una patada, se decide a poner en práctica su plan. Así, en Madrid, un desdichado pidió cierta vez limosna en Lhardy y, al ver que no se la daban, hizo saltar en añicos la luna del escaparate con el único propósito, que después confesó, de que le llevasen a la cárcel. Muchos colegas suyos suelen presentarse en las comisarías pidiendo como un señalado favor que les obsequien con una “quincena”. Los comisarios les explican lo absurdo de la gollería que solicitan. En las cárceles se da de comer, es verdad, pero tan sólo a los delincuentes; si el Estado fuese a sentar allí a mesa y mantel a todas las personas honradas que tienen hambre..., ¡estaba aviado...!

                Si el procedimiento se divulga, como parece ocurrir, el conflicto en que se ha de ver el Estado es muy serio. La poética clase de los hambrientos desaparecerá y tendremos a toda prisa que ampliar las prisiones y habilitar con tal objeto, de una manera interina, otros edificios del Estado: cuarteles, escuelas, etc. Esto es grave y merece un estudio detenido. Por mi parte, ansioso siempre de cooperar a la acción del gobierno, se me ocurre una idea que, por lo que pudiera valer, consigno: convertir en verdaderas oposiciones la entrada en los establecimientos penales; que no baste para ello romper un cristal ni pegar a un guardia; abrir ejercicios más arriesgados: apedrear a un ministro, incendiar el Senado...; en fin, algo que no esté al alcance de un hambriento vulgar.

                Pero con franqueza, tampoco tengo gran fe en este sistema. Como en todo, pronto habrían de intervenir en él el favoritismo y la influencia, que son los que rigen todos los asuntos de nuestra patria. A lo mejor, creyendo asegurarse el pan, un pobre diablo le abría la cabeza al conde de Romanones, y cuando fuese a reclamar su puesto en la cárcel se encontraba con que se lo habrían dado a un caciquillo de Guadalajara o a un pariente lejano del señor Brocas.

Y en un país así, ¿qué quieren ustedes que haga para prosperar la numerosa y respetable clase de los hambrientos?”
                              
                               FERNÁNDEZ FLÓREZ.
                               Las gafas del diablo.